Yo paso de la política

Durante años se convirtió casi en una muletilla, como la tristemente actual: “¿Vale?” con la que casi todo el mundo interrumpe una y otra vez su propio discurso… ¿vale?, y como lo de: «No me hables de política». Tanto lo uno como lo otro lo hemos escuchado tantas veces que no es extraño que nos vaya como nos va. Ha sido durante mucho tiempo un tema incómodo, desagradable.

Yo paso de la política

Nada es nuevo, solo que ahora se hace más insoportable y por eso se protesta. Pero la gente de este país ya era consciente, desde siempre, al menos de boquilla, de que la política estaba llena de mangantes, y de que en ese nido de buitres todos miraban para lo suyo. Pero, aunque no se equivocaban, muchos de los que lo sostenían no se percataban del verdadero significado del término. Llamar política a una pantomima con apuesta cerrada cuatrienal, es como llamar democracia a nuestro sistema actual.

Político, llevado a su raíz etimológica, significa «ciudadano», pero no como lo entendemos hoy, sino desde un sentido profundo y solo atribuible a quien hace de lo público el centro de su interés; aquello en torno a lo que todo gira. Hasta aquí la mayoría de los ya mencionados tenían parte de razón, aunque por desconocimiento no se sintieran aludidos ni incluidos: en la actual política todo el mundo mira por lo particular, sin considerar propio al Estado, excepto, en ocasiones, a la hora de limpiar su erario.

En lo que se confundían de pleno es en el término. Y es que en la Grecia clásica, donde había mucha experiencia en estas lides, y no por casualidad, desde donde parte ese politikós: ya disponían de un término para calificar a los que «pasan» de la política (incluso gobernando).

Allí y entonces, estos sujetos eran definidos como idi?tikós (?????????): aquellos que solo se preocupaban por lo privado/propio mostrando un total desapego por lo público sin haber entendido que «en sociedad» (y esto no es opcional) no puede existir lo uno sin lo otro: lo general y lo particular. Hoy los llamaríamos simplemente idiotas.

Uno puede «pasar» de la política, pero la política no pasa de nosotros. Uno puede ser un eremita y un misántropo, o demasiado cool para relacionarse, pero sin convertirse en un gilipollas, que es en lo que nos convertimos al creer que podemos mantenernos al margen «eso no va conmigo». Va contigo siempre.

Hace un par de días publicamos el último informe del BdE sobre una deuda pública que llega al 90% de un más que falseado PIB (por lo que el porcentaje real superará el 100%), y que repartida por habitantes nos hacía deber más de 20.000 euros por cabeza. Y hubo un comentario en las redes sociales que me llamó muchísimo la atención al respecto, aunque es algo muy extendido, muy común.

Pero que me pareció mucho más preocupante tratándose de alguien que, evidentemente, se informa, porque había leído el artículo. «Yo no debo nada y pago mis deudas» venía a decir de forma más o menos vehemente. Otra persona podía haber exclamado que si no tiene nada, nada le van a poder reclamar. Pero este es el problema: gran parte de la población no ha entendido nada.

Que estos gobernantes hagan aumentar la deuda pública significa que «si tienes» (rentas de trabajo), te quitarán más y te devolverán menos. Y que si «no tienes», no te darán nada. Y «nada» implica pensiones, prestaciones, protección social, justicia, derechos laborales, sanidad, educación, etc. Y esto, a su vez también implica en caso de alboroto, mayor represión, y nuevas vueltas de tuerca al código penal. Es para acabar diciendo: ¿ves como sí te afecta?

Para el que lo quiera entender, lo dicho pone de manifiesto la relevancia de aquella reforma de la Constitución perpetrada con estivalidad y alevosía un 30 de agosto de 2011 por PSOE y PP, y que ponía el pago de la deuda por delante de cualquier otro compromiso económico. Aquella maniobra marcaba a fuego en negro sobre blanco que no importaría en adelante de dónde habría que recortar o tomar si se debía atender al pago de lo debido. A partir de ese día lo decía el artículo 135 de la Carta Magna.

Es muy importante que también nosotros grabemos a fuego la relevancia que para nuestra propia vida y la del conjunto de la sociedad tiene el que tengamos criterio. Dependemos de los otros, indefectiblemente, irremediablemente.

Y si esos otros no diferencian tejido de te jodo, no podemos reírles la gracia ni permanecer al margen. Aquí no hay márgenes. Cualquiera que vote a los partidos de la plutocracia, a la casta, está ejerciendo el «te jodo». Cualquiera que no tenga cultura política nos condena a todos si ese «cualquiera» es una mayoría simple.

Puede que todo no sea tan terrible, o puede que sí. Es evidente que como en todo, también hay una desafección «buena», y es la que se produce contra el actual sistema, el tradicional, el acordado en la falsa transición, el heredado de Franco. De hecho todos los sondeos indican que cada vez es mayor. Pero lo que debiéramos esperar de todo esto, es que esa desafección no sea por la política, sino exclusivamente por la no-política que hoy sufrimos.

Para hacer política no hay que esperar, y no hay que reservarse a mañana para ver un país hundido. Hoy ya lo está. La justicia no funciona, y la que funciona se ha legislado para reprimir. La sanidad pública empeora por días en favor de un nuevo modelo de salud estafa. El acceso a la educación está restringido. Se ha acabado con la protección social.

El que trabaja por cuenta ajena lo hace con miedo y sumisión, y el que lo hace por cuenta propia ya no sabe si mañana volverá a abrir. Las pensiones han perdido poder adquisitivo y pronto perderán mucho más. Y no solo no vamos a ver cómo todo esto mejora, sino que no sabemos en qué parte del precipicio estamos, pero aún estamos cayendo, y ya nos han advertido por activa y por pasiva que la vida no volvería a ser como era (como si lo anterior fuera el paraíso).

La política se hace aprendiendo, interviniendo en la sociedad, en tu entorno. Se hace queriendo saber qué piensan los demás al respecto, y preguntando, y siendo presuntamente impertinente. Se hace desde el debate, desde el diálogo, desde la indignación. Pero no contra los mangantes que ocupan cargos, sino con el que se sienta enfrente, comparte una caña, o trabaja al lado.

Puede que no sea cómodo o agradable, puede que no sea moderno, ni vaya con nuestro estilo de vida independiente y metropolitano, pero eso es la política, es lo que no quieren que hagas, y es lo que puede hacer que tu vida sea digna.

Fuente: Iniciativa Debate
Autor: Paco Bello

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