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HUELGAS DE UN DÍA: El comienzo del fin del sindicalismo

HUELGAS DE UN DÍA: El comienzo del fin del sindicalismo

¿Por qué en España las huelgas generales sólo duran un día?

La realidad de la situación política española es que los sindicatos más importantes han decidido durante estos treinta años convocar solamente huelgas generales que durasen como mucho un día.

Sin embargo esta duración tan corta no es algo tradicional, sino que se introdujo desde hace relativamente poco debido a que se piensa que las actuales características del mercado provocan que el perjuicio de no producir en todo un día sea más que suficiente para presionar al gobierno.

No obstante, aquí nos encontramos con una de las ya tan habituales “mentiras ideológicas”: cuentos que se disfrazan de objetividad, envueltos en datos económicos y razonamientos demagogos, tendentes todos ellos a minar desde dentro los derechos sociales.

De una manera casi descuidada se han olvidado del objetivo esencial de la huelga, prefiriendo centrar sus esfuerzos en el perjuicio que se produce a la economía, que no es más que una consecuencia lógica del propósito esencial: defender los derechos de los trabajadores. Se ha estudiado como un fin en sí mismo, no como el medio que realmente debería ser.

Desde el mismo día de su surgimiento, la naturaleza del sindicato se basaba en la realización de dos tareas, proteger los derechos de los trabajadores a nivel colectivo (convenios colectivos o huelgas); y defender los derechos de los trabajadores a nivel individual (asesoramiento y representación jurídica).

Por cierto, aunque valdría para otro artículo, sólo querría mencionar que tanto CCOO como UGT han renunciado a este último propósito, estableciendo una especie de copago jurídico con el que para ir al juzgado de lo social de forma gratuita tienes que haber estado afiliado muchos años.

Pero volviendo al tema, un sindicato tiene por fin esencial la defensa de los derechos de los trabajadores, llegando si es necesario incluso a convocar jornadas de huelga general.

Ese es el objetivo esencial, no el de cargarse la economía del país. Presionar la economía es un medio para demostrar el poder que tienen los trabajadores cuando se asocian. Recordarles a las clases dirigentes que la riqueza del país reside en ellos, no en el FMI, el BCE o las PYMES.

Por tanto, lo que se pretende es echarle un pulso al gobierno del momento, condicionando el fin de las movilizaciones a un acuerdo entre las fuerzas políticas y las sindicales.

Pero si la huelga obedece a este propósito, ¿cómo puede establecerse  un daño suficiente “standard”? ¿Cómo saber cuánto va a tardar el gobierno en ceder ante las pretensiones sindicales? ¿Por qué un día?

Este concepto es irrisorio en tanto en cuanto el perjuicio será suficiente si consigue sus propósitos, si logra doblegar al gobierno. No hay un plazo fijo tal y como no hay un número de bombas necesario para vencer en una guerra, ni un número de goles suficiente para ganar un partido.

No obstante se nos ha vendido esta idea como algo lógico (incluso como un axioma), aunque lo que de verdad vendían era una transformación del propósito de la huelga. Ya no se hace una huelga para defender los intereses de los trabajadores, sino para mostrar el desacuerdo con una medida.

Se ha convertido la mayor forma de lucha de los trabajadores en un mero panfleto, una rabieta obrera que hay que soportar entre paciencia y risas.

Porque aunque parezca que una huelga de un día mantiene cierta eficacia como medida de presión, la realidad es que se ha torpedeado su línea de flotación, su elemento más esencial: el miedo.

Una huelga indefinida planteaba al empresario y al gobierno la amenaza de no terminar hasta que se negociara una salida. Les obligaba a sentarse a la mesa y ceder en parte de sus propuestas para llegar a un acuerdo y poder reanudar el trabajo.

El comienzo del fin del sindicalismo

¿Por qué deberían negociar un acuerdo frente a una huelga de un día?

Haya acuerdo o no, la huelga terminará ese día, así que lo único que tiene que hacer el empresario es, como mucho, cerrar ese día, irse al cine y abrir al siguiente. Para entonces sus trabajadores ya se habrán “desfogado”, y volverán a ocupar sus puestos de trabajo, aunque probablemente en peores condiciones, puesto que no habrán conseguido sus objetivos.

Esta es la forma en la que la huelga se transformó en una rabieta.

Y claro, esta pérdida de poder de los sindicatos (¿desde 1978 cuántas huelgas generales han tenido éxito?) supone una pérdida de apoyo popular, lo que de facto permite la entrada de toda la actual morralla que cuestiona su papel dentro del Estado actual.

Por supuesto, se dijo que la huelga de un día era la forma de evitar un conflicto virulento con el Estado que terminara con leyes antisindicales. Vamos, que había que vender la vaca para salvar la leche.

¿Cómo puede ser que un sistema de conflicto se autolimite para evitar el conflicto? ¿Cómo pudieron los grandes sindicatos aceptar esto?

En 1978 hubo un “pacto de caballeros” entre autoridades políticas y sindicales y donde estas últimas dejaron las armas para obtener migajas sociales para sus trabajadores, así como, por qué no decirlo, ciertos beneficios propios.

Sin embargo se había obviado la solución más sencilla, responder a cualquier actuación antisocial o antisindical con las medidas de presión necesarias para evitar que se llevaran a la práctica. Tensar la cuerda por el lado de los trabajadores tanto como por el del poder legislativo.

No hay que olvidar que en sus orígenes el conflicto obrero se desarrolló exitosamente dentro de un entorno de prohibición y represión. El derecho laboral no debe temer el conflicto puesto que con él se nutre y se enriquece.

Bien nos vendría recordarlo en este periodo de crisis, no tanto económica como social, en el que desde las autoridades gubernativas sólo podemos esperar desdén y gas pimienta. El poder de los trabajadores asociados puede ser el contrapeso que hace falta para equilibrar la balanza. Pero sólo si los propios trabajadores lo apoyan y los sindicatos no lo boicotean.

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