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Volkswagen: técnica alemana, mentalidad trilera

La trampa fue detectada hace año y medio por un estudio de la Universidad de Virginia Occidental, y esto, la fuente y el tiempo transcurrido, es un síntoma más del deterioro de la prensa libre, y no solo de su peor submundo: la de motor.

Volkswagen, símbolo del noble y laborioso empresariado renano, modelo de ingeniería y honradez, mito de la tecnología más fiable y florón de la potencia exportadora de la locomotora europea, empleó trucos dignos de la Camorra, la mafia napolitana, e instaló un software diseñado para trampear las pruebas de gases contaminantes en al menos once millones de coches diésel.

Si alguien tenía dudas de que el postcapitalismo ha derivado en una timba global dirigida por cuatreros que no dudan en engañar, y envenenar, a los clientes, arruinar el prestigio de sus empresas y expoliar el planeta para cobrar el bonus a final de año, parecería que han quedado despejadas.

Volkswagen, escándalo y contaminación

La más clásica cultura empresarial europea ha caído en manos de unos informáticos habilidosos y unos ejecutivos trileros. Muchos pensarán que si la muy democristiana VW hacía eso, qué no harían FIAT o Citroën. Cabe colegir que todos lo hacían. El neocapitalismo es así: todos culpables, ningún culpable. Lo grave es que la desgracia de la leyenda industrial alemana, que sigue en el tiempo al desastre sufrido por Lufthansa con el piloto de los Alpes, coincide, y no parece un azar, con la crisis de los valores fundacionales y la desintegración del sueño europeo, a los que tanto han contribuido el pésimo liderazgo de la canciller Merkel y el neocolonialismo contable de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble.

Berlín, que conocía desde julio la trampa de VW y calló como una iza, lleva un lustro acusando al sur de Europa de todos los males posibles, y de malgastar el dinero de los bancos y los contribuyentes alemanes. La imputación olvida que fueron las grandes empresas alemanas (y francesas) quienes corrompieron durante años a docenas de políticos y empresarios del sur a cambio de contratos, igual que suele olvidarse que fueron los bancos alemanes quienes inflaron la burbuja inmobiliaria española prestando a mansalva e invitando a adultos, jóvenes e inmigrantes a la barra libre de hipotecas.

Hace unos meses, Siemens envió una circular a sus empleados expatriados recordándoles que la ley alemana había cambiado y que quedaba prohibido pagar mordidas en el extranjero. Antes, esa era la norma y la práctica habitual. En marzo, el consejero delegado de Siemens, Joe Kaeser, fue imputado en Grecia por corrupción, junto a 63 personas más, por haber pagado 70 millones de euros en comisiones a políticos y empresarios griegos durante los felices años del PASOK, Nueva Democracia y los Juegos Olímpicos.

Kaeser reconoció que la compañía tenía “un pasado oscuro”, e invitó al Gobierno de Syriza a mirar hacia el futuro. Schäuble se encargaría de poner a Tsipras en su espacio-tiempo el 13 de julio.

¿Sería ese pasado oscuro distinto en Italia, Portugal y España?

Recuerdo a un periodista alemán que fue largos años presidente de la asociación de corresponsales en Roma. El tipo, que presumía de que nunca iba a hospitales italianos, “el mejor médico, Lufthansa”, decía, se pasaba el año escribiendo y acusando a los italianos de corrupción y malversación. Salvo cuando llegaba Navidad, que los regalos no le cabían en el despacho.

Pese a este cinismo de base, o quizá gracias a él, desde la creación del euro los alemanes han ido consolidando su posición de líder económico y moral de Europa. Nos han impartido lecciones de rigor contable y aventado nuestras culpas deudoras mientras acumulaban superávits en la balanza comercial, subían el precio del euro e imponían el austericidio, la miseria y la asfixia a los ciudadanos del sur, todo ello contra la opinión de los economistas más sensatos.

Usando el BCE, el FMI y a la Comisión Europea como ejecutores, Berlín ha presionado hasta el chantaje a los dirigentes de los PIGS, España, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, amenazada incluso con la expulsión del euro, para que aplicaran sus políticas ordoliberales, mientras desmantelaba, primero con la pareja Merkozy y luego con el tándem Merkhollande, ambos meros comparsas, el método comunitario en la UE.

Cada día parece más evidente que la mediocridad tecnocrática que gobierna la Unión Europea y la deriva antidemocrática y golfa del capitalismo alemán conforman una cultura única que se ha ido imponiendo de arriba abajo, de norte a sur y desde el poder a la periferia y los electores, y no al revés.

Aunque el principio de Hanlon -“nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”- no suele fallar, los indicios de que Berlín ha colocado la mala fe, el matonismo y el beneficio propio por encima de los valores de justicia, igualdad y solidaridad son cada vez más patentes, y la llegada del SPD al poder no ha hecho sino empeorar las cosas. Hace poco, una delegación de la oposición iraní visitó Madrid y me contó que los dirigentes alemanes habían reservado vuelos a Teherán cuando la tinta del acuerdo nuclear todavía estaba seca. Al frente de la expedición alemana a Irán viajaba un socialista, Sigmar Gabriel. (Ahh, la Gran Coalición, sueño dorado y última baza de Rajoy y González…).

Eso es la Alemania del siglo XXI. Un tiburón insaciable, una máquina de hacer negocios, una trituradora de democracias y una tuneladora de pensamiento único. Modelada a imagen y semejanza de su intransferible estructura económica, la Europa merkeliana se ha convertido en un lugar altamente desagradable. Los mercaderes han tomado el poder político y este se ha puesto al frente de la gran estafa del beneficio globalizado, contribuyendo al advenimiento de una Europa sádica, inhumana.

El discurso liberal dominante admite que los problemas del capitalismo son consecuencia de la desregulación. Falso. Esa fue solo la penúltima estafa organizada por los superpoderes. El problema es que el poder financiero ha declarado la guerra a la ciudadanía, como dijo Buffet. La consigna es que los clientes son idiotas y ya no tienen razón. Y que los ciudadanos no deben saber, ni opinar, y mucho menos reclamar sus derechos. El sistema ha entrado en una espiral que mezcla codicia, ceguera y autoritarismo: un capitalismo pirata.

Volkswagen: técnica alemana, mentalidad trilera

Durante décadas de rapiña, las mafias y las grandes empresas libres de impuestos han transferido a paraísos fiscales el equivalente a la suma de los PIB de Japón y Estados Unidos. Ahora, la burbuja china ha explotado dejando a sus bancos nacionales quebrados y a los países emergentes y europeos sin su principal comprador. Y Alemania sigue creciendo a base de exprimir a los endeudados de la periferia y de explotar a los contratados con minijobs, sean refugiados o no. Cabe pensar que su generosa actitud inicial ante el éxodo sirio también tenga truco: en vez de facilitar el acceso cómodo de los desplazados hasta el país, ha cerrado las fronteras y usado de parapeto y gendarme al impresentable Orbán, ganando tiempo para elegirlos a la carta: clase media y buena formación.

Los motores trucados de VW son una bomba política y económica a la vez. ¿Estamos asistiendo al hundimiento o al auge del sistema que ha gobernado el mundo desde la posguerra mundial? Difícil saberlo, porque la decadencia ética del postcapitalismo internauta no parece tener límites. Lo que parece claro es que la política y las democracias que conocimos ya no existen. Cualquier atisbo de cambio, sea en Grecia, Reino Unido o España, es torpedeado por el búnker ultraliberal que domina los gobiernos y los medios, recreando minuto a minuto el sueño húmedo de Berlusconi: un mundo acrítico, frívolo, machista, inundado de noticias inmediatas, despojado de información real, donde todo es entretenimiento, tertulia, clicks, y casi todo se olvida al instante.

Así, muchos periódicos serios sepultan su viejo prestigio publicando idioteces, vídeos de gatos, pseudonoticias, cotilleos de fútbol, sexo e informaciones pagadas por marcas que no dicen su nombre. Bella forma de anestesiar el pensamiento. Y entre tanto, los jóvenes del sur huyen de sus países como los refugiados para tratar de labrarse un futuro en el norte del pleno empleo. Y cantidades ingentes de mayores de 50 años saben o intuyen que su vida laboral ha terminado y no podrán cobrar una pensión…

La idea de Europa se construye hoy, otra vez, no desde la alta política o desde la equidad sino desde los ministerios del Interior: agolpando a los refugiados de guerras alentadas por ella misma en trenes, pateras y jaulas, persiguiendo a los gitanos y los judíos, defendiendo a gobiernos racistas en nombre de la seguridad, las fronteras y el terruño. El mensaje es: ellos están peor. No pasarán a nuestro paraíso. Lo triste es que, siendo todavía el primer mundo, hace tiempo que la UE dejó de ser un sitio del que sentirse orgulloso. El nivel ético del club se mide con un solo dato: protege a fascistas como Orbán y los Auténticos Finlandeses, y expulsa y considera un demonio a Varoufakis.

Humano, demasiado humano, el capitalismo sin ley diseñado por los próceres de Fráncfort, Bildelberg y Davos es un infierno para casi todos menos para ellos mismos y sus mayordomos; controlando la privacidad, los deseos y el futuro de las masas, el Schäublismo va tomando la forma de un fascismo nuevo, invisible y siniestro, sin líderes, tanques ni uniformes, camuflado en pantallas de plasma, carrocerías blindadas y reuniones secretas del Eurogrupo.

En eso andamos: postdemocracias basadas en los recortes del Bienestar –salarios, libertades, derechos, oportunidades, educación, sanidad e información. Sepa usted que si pide una hipoteca, su patrón le despedirá y el banco se quedará su casa y le dejará en la calle. Que si se compra un coche alemán, su motor limpio pudrirá el aire que respira. Que si lee un periódico de referencia, estará escrito al dictado de un editor corrompido o de un político corruptor. Que si vota en unas elecciones, no podrá valorar el programa económico de los candidatos y le exigirán que elija un trapo y participe como comparsa en un teatro montado por dos Estados sin soberanía real, que juegan a ser naciones antagónicas pero son en realidad siameses inseparables.

La buena noticia es que, todavía, nos dejan votar de forma más o menos autónoma. Antes de resignarnos a que sigan engañándonos, o de que nos obliguen a poner fin a la estafa siendo carne de cañón de una bandera o una milicia, nos queda votar en masa contra quienes obedecen, esconden y defienden a los estafadores.

Habrá que dar gracias a los ejecutivos e ingenieros de Volkswagen por comportarse como productores de mozzarella camorristas. Ahora sabemos con quién nos jugamos los cuartos.


  • Autor: Miguel Mora
  • Fuente: ctxt

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